lunes, 17 de octubre de 2016

Remembranzas sobre una Bella Ciudad

LA CONTAMINACIÓN EN LA CIUDAD DE MÉXICO

Rogelio Martínez Vera

No ha pasado realmente mucho tiempo puesto que aún, a mediados del siglo anterior es decir, hacía 1950, la Ciudad de México se conocía aún como “La región más transparente del aire”. Tal denominación  se la dio la Marquesa Calderón de la Barca en la llamada época de la Colonia porque en verdad, todos los alrededores del entonces, Valle de México, podían ser observados desde cualquier punto de la ciudad. 

La Sierra de Guadalupe al norte; la cadena montañosa ubicada al oeste de la ciudad; la Sierra y el volcán del Ajusco al sur y la cadena volcánica al oriente, con dos eternos guardianes –el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl- podían, cuando no había nubes de lluvia en el entorno, ser vistos y admirados por todas las personas que decidieran fijar su vista en algún punto del horizonte. La frescura del clima en esa colonial y bella, muy bella ciudad en la primavera y verano, y un poco de frio en el otoño y en el invierno, eran sus características esenciales. La altura de ese lugar en donde se fundó la orgullosa Tenochtitlan se eleva a más de 2,400 metros, sobre el nivel medio del mar.

El periodista Rogelio Rivera Mena decía, hacía la década de los años sesenta, que era “un lugar propio para que habitaran exclusivamente los venados”, por la escasez de su oxígeno y sin embargo, teníamos ahí nuestra residencia, CINCO MILLONES DE PERSONAS, que diariamente trabajábamos, estudiábamos, convivíamos en medio de una paz y armonía que nos orgullecía. “La Ciudad de los Palacios” “El asiento de los Poderes Federales”, “La Capital de la República”, se erguía orgullosa y altiva. Era el ejemplo y modelo para el resto de las ciudades del País, aún de las más pequeñas. Todos los mexicanos admirábamos y respetábamos a esta gran ciudad. “Mientras el mundo exista, permanecerán las glorias de México Tenochtitlan” Así reza una frase recogida de un códice azteca y reproducida en una gran fuente, adornada con dos fuertes guerreros prehispánicos, que se construyó a un costado del Palacio de Gobierno de la Ciudad y exactamente enfrente del edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Muchos literatos, poetas y compositores mexicanos, le dedicaron hermosas creaciones suyas. Desde  Bernal Díaz del Castillo, el extraordinario historiador y soldado de Hernán Cortés, hasta el pintor José María Velazco, los escritores José María Marroqui, Artemio del Valle Arizpe, Salvador Novo o compositores musicales como Guadalupe Trigo, dejaron plasmadas en sus obras ya literarias, pictóricas o musicales, la belleza y las grandezas de esta gran ciudad. Es justo desde luego, mencionar aquí al llamado “Pintor Musical de la Ciudad de México”, a Salvador “Chava” Flores, que con su canción de corte muy popular llamada “México Distrito Federal”, merece un lugar al lado los otros grandes personajes que ya mencionamos.

La ciudad de México, hace justo cien años, estaba rodeada de lagos: los de Xochimilco, Mixquic, Texcoco o Cuautitlán; todas estas enormes masas de agua, bordeaban a la ciudad de México de un escaso millón de habitantes, pero que iniciaba un frenético crecimiento con la llegada de oleadas de personas procedentes de diversas entidades del país, que por diversas causas, se empezaron a afincar en ella. El crecimiento fue vertiginoso. 

En 1950 como antes dijimos, ya eran tres millones los habitantes de la ciudad; para 1960, ya vivíamos ahí, cinco millones. La insuficiencia de territorio en la ciudad, originaron que en el colindante estado de México principalmente, pero también en Hidalgo y Morelos, se asentaron grupos de población que dependían en absoluto de la ciudad de México. Para 1970, el irrefrenable crecimiento alcanzó dos dígitos: más de diez millones, y hoy, en el año de 2016, el número de residentes en las poblaciones aledañas y connurbadas con la ciudad de México, asciende a cerca de VEINTICINCO MILLONES es decir, casi la cuarta parte de todos los habitantes del país. 

Desde luego, son grandes, muy grandes sus problemas de urbanización, de residencia, lugares de estudio, centros de trabajo; mercados, parques, jardines, centros deportivos y demás elementos necesarios para hacer posible una adecuada vida en común. Los gobernantes  y no se diga los habitantes de la ciudad de México y las áreas que ya se le anexaron, todos los días viven con la zozobra del agua potable, la electricidad, las vías de comunicación, el destino de la basura y la inseguridad. Todos estos elementos se han transformado en grandes y graves flagelos de los  habitantes de esta extensa región a la cual, a partir de este año se le conoce con la denominación de “La Megalópolis”. Todo esto transformó a la ciudad de México. Los lagos se desecaron para hacer crecer los terrenos destinados a zonas urbanas, con un acelerado cambio en el clima y en la calidad del aire. Los ríos, como el de la Piedad, como el Mixcoac, son fantasmas que creemos que no existieron 

La temporada de lluvia disminuyó fuertemente y la vegetación de la región debido al acelerado cambio en el destino de la tierra, así como la casi extinción de las zonas lacustres o boscosas, que se transformaron en casas, calles, o áreas industriales y comerciales, arrasaron con todas las bellezas naturales del Valle de México. Como una especie de escarnio para quienes aún estamos vivos y presenciamos la grandeza de esta ciudad y sus bellos lagos, han tratado de conservar una pequeña parte de lo que queda del antiguo Lago de Xochimilco, que no son sino un par de canales negros, sucios y malolientes, en donde se amontonan un millar de trajineras, que chocan y se atropellan, tratando de pasear “por el lago” a ingenuos turistas.  

Pero, todos los problemas antes mencionados son realmente –no obstante su gravedad-, pequeños, comparados con otro todavía más grande y que es mensajero de muerte: La contaminación ambiental, cuya presencia se ha venido agravando Al grado de que “la región más transparente del aire”  se ha ganado el nada honroso título de: “La región más contaminada del país”.

La degeneración del entorno de esta antiguamente bella región, no ha sido rápida ni mucho menos espontánea. En su transformación se emplearon aproximadamente cien años. En efecto, hacía 1920 la ciudad padecía anualmente, al iniciarse la época de lluvias, una plaga de mosquitos procedentes de los lagos que la rodeaban. Los grandes genios gubernamentales que siempre han existido, -para mal de los gobernados-, consideraron que la única manera de acabar con esa plaga estacional era: ¡Desecando los lagos! Y se dieron frenéticamente a esa tarea.  Así, rellenaron los lechos de los lagos de Texcoco, Mixquic y Cuautitlán, hasta hacerlos desaparecer, y el de Xochimilco, hasta casi borrarlo de la faz de la tierra.  

Lógicamente el clima y el entorno de toda la ciudad sufrieron cambios brutales. Para 1950, la obra de desecación de los lagos ya estaba consumada y la tierra de sus lechos se transformaron en codiciado botín para los fraccionadores quiénes,  asociados con los gobernantes corruptos de aquella época, hicieron grandes fortunas, vendiendo lotes y casas a los nuevos habitantes de la ciudad capital. Vino a continuación un mal mayor: Entre los meses de marzo y mayo de cada año –temporada de los vientos-,  cubría a la ciudad de México una espesa capa de polvo, procedente de las tierras con que rellenaron los lechos de los lagos, produciéndose con ello, fuertes y largas epidemias de males respiratorios para los habitantes de la ciudad, que fueron disminuyendo a medida que esos eriales se fueron transformando en áreas habitacionales. En ese momento hizo su aparición el temible jinete de la apocalipsis: La contaminación ambiental.

En efecto, a mediados de los años setentas y como producto de la desforestación de la ciudad, para cambiar la vegetación por vías pavimentadas, las zonas arboladas disminuyeron vertiginosamente, en proporción inversa al aumento de áreas pavimentadas. Fue la época del inicio de la construcción de los famosos ejes viales, ideados durante el gobierno del para mí,  temible gobernante de la ciudad, llamado Carlos Hank González. El fue responsable de la extinción del treinta  por ciento de la vegetación de la ciudad de México, para entregar esas zonas ya desforestadas y pavimentadas, a los dueños de los vehículos de motor. Ahí nació gran parte  del problema: de tres millones de vehículos que circulaban hacía 1970, ahora circulan diariamente casi DIEZ MILLONES, con la consiguiente y muy grave contaminación ambiental.

¿Cómo han tratado de resolver el problema las autoridades de la ciudad de México? Muy fácil: hacía la década de los ochentas implantaron la “verificación vehicular”, para tratar de comprobar que los motores de los vehículos con placas del entonces Distrito Federal, se encontraban en  buenas condiciones mecánicas y que no contaminaban el medio ambiente. Esto no arrojó ningún beneficio. La contaminación ambiental seguía aumentando cada día. Fue ese el momento en que los genios de la política idearon una brillante idea: “Hay que implantar el Programa Hoy no Circula” y con ello, “resolvemos el problema de la contaminación ambiental en la ciudad”. Ni tardos ni perezosos, la pusieron en práctica, para sacar diariamente de la circulación --- –según ellos-,  al quince por ciento de los vehículos automotores propiedad de los particulares. Pero, no a los vehículos del transporte público (autobuses y taxis), tampoco a los vehículos de transporte o servicios públicos, como patrullas, carros recolectores de basura y otros transportes propiedad de las autoridades, ya locales o ya federales, que son los más contaminanates. En consecuencia, el problema de contaminación del medio ambiente, ha continuado progresando a pesar de estas medidas, que han resultado ineficaces.

Ahora, en el año 2,016 el monstruo de la contaminación ambiental, ha asomado al parecer, todo su rostro. Los altos índices de contaminación continúan  a la alza. ¿Qué medidas han tomado las autoridades? Las únicas que se  saben: ahora han lanzado el doble “Hoy no circula”. Están sacando de la circulación,  al cuarenta por ciento de los vehículos de propiedad particular, con el consiguiente daño económico a los residentes de la ciudad de México y toda su zona connurbada, puesto que con flagrante violación al artículo 11 de la Carta Magna, impiden la libertad de tránsito, con graves daños a los intereses personales, económicos y familiares de los gobernados. ¿Hasta dónde llegarán estas medidas? ¿Hasta dónde y hasta cuándo se vulnerarán los derechos de los gobernados en la llamada Megalópolis?  No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que este tipo de medidas, NO SON LA SOLUCIÓN AL GRAVE PROBLEMA DE LA CONTAMINACIÓN AMBIENTAL.


¡Qué épocas pasadas!, cuando el romanticismo popular era el receptor de la vida de los capitalinos. Decía una canción de la Sonora Santanera: “Camino por Narvarte, Polanco y Coyoacán/ mi anhelo de encontrarte me lleva al Pedregal/ te busco por Guerrero, la Villa y Tizapán/ por la Colonia Obrera y no te puedo hallar”……. Esto es parte de la letra de la Canción llamada: “Por las Calles de México”.  No cabe duda: Esa ciudad de México, ya no es la misma. ¡Lástima!


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