LA
CONTAMINACIÓN EN LA CIUDAD DE MÉXICO
Rogelio
Martínez Vera
No ha pasado realmente
mucho tiempo puesto que aún, a mediados del siglo anterior es decir, hacía
1950, la Ciudad de México se conocía aún como “La región más transparente del
aire”. Tal denominación se la dio la
Marquesa Calderón de la Barca en la llamada época de la Colonia porque en
verdad, todos los alrededores del entonces, Valle de México, podían ser
observados desde cualquier punto de la ciudad.
La Sierra de Guadalupe al norte;
la cadena montañosa ubicada al oeste de la ciudad; la Sierra y el volcán del
Ajusco al sur y la cadena volcánica al oriente, con dos eternos guardianes –el
Popocatépetl y el Iztaccíhuatl- podían, cuando no había nubes de lluvia en el
entorno, ser vistos y admirados por todas las personas que decidieran fijar su
vista en algún punto del horizonte. La frescura del clima en esa colonial y
bella, muy bella ciudad en la primavera y verano, y un poco de frio en el otoño
y en el invierno, eran sus características esenciales. La altura de ese lugar
en donde se fundó la orgullosa Tenochtitlan se eleva a más de 2,400 metros,
sobre el nivel medio del mar.
El periodista Rogelio
Rivera Mena decía, hacía la década de los años sesenta, que era “un lugar
propio para que habitaran exclusivamente los venados”, por la escasez de su
oxígeno y sin embargo, teníamos ahí nuestra residencia, CINCO MILLONES DE PERSONAS,
que diariamente trabajábamos, estudiábamos, convivíamos en medio de una paz y
armonía que nos orgullecía. “La Ciudad de los Palacios” “El asiento de los
Poderes Federales”, “La Capital de la República”, se erguía orgullosa y altiva.
Era el ejemplo y modelo para el resto de las ciudades del País, aún de las más
pequeñas. Todos los mexicanos admirábamos y respetábamos a esta gran ciudad.
“Mientras el mundo exista, permanecerán las glorias de México Tenochtitlan” Así
reza una frase recogida de un códice azteca y reproducida en una gran fuente,
adornada con dos fuertes guerreros prehispánicos, que se construyó a un costado
del Palacio de Gobierno de la Ciudad y exactamente enfrente del edificio de la
Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Muchos literatos, poetas y compositores
mexicanos, le dedicaron hermosas creaciones suyas. Desde Bernal Díaz del Castillo, el extraordinario
historiador y soldado de Hernán Cortés, hasta el pintor José María Velazco, los
escritores José María Marroqui, Artemio del Valle Arizpe, Salvador Novo o
compositores musicales como Guadalupe Trigo, dejaron plasmadas en sus obras ya
literarias, pictóricas o musicales, la belleza y las grandezas de esta gran
ciudad. Es justo desde luego, mencionar aquí al llamado “Pintor Musical de la
Ciudad de México”, a Salvador “Chava” Flores, que con su canción de corte muy
popular llamada “México Distrito
Federal”, merece un lugar al lado los otros grandes personajes que ya
mencionamos.
La ciudad de México, hace
justo cien años, estaba rodeada de lagos: los de Xochimilco, Mixquic, Texcoco o
Cuautitlán; todas estas enormes masas de agua, bordeaban a la ciudad de México
de un escaso millón de habitantes, pero que iniciaba un frenético crecimiento
con la llegada de oleadas de personas procedentes de diversas entidades del país,
que por diversas causas, se empezaron a afincar en ella. El crecimiento fue
vertiginoso.
En 1950 como antes dijimos, ya eran tres millones los habitantes
de la ciudad; para 1960, ya vivíamos ahí, cinco millones. La insuficiencia de
territorio en la ciudad, originaron que en el colindante estado de México
principalmente, pero también en Hidalgo y Morelos, se asentaron grupos de
población que dependían en absoluto de la ciudad de México. Para 1970, el
irrefrenable crecimiento alcanzó dos dígitos: más de diez millones, y hoy, en
el año de 2016, el número de residentes en las poblaciones aledañas y
connurbadas con la ciudad de México, asciende a cerca de VEINTICINCO MILLONES
es decir, casi la cuarta parte de todos los habitantes del país.
Desde luego,
son grandes, muy grandes sus problemas de urbanización, de residencia, lugares
de estudio, centros de trabajo; mercados, parques, jardines, centros deportivos
y demás elementos necesarios para hacer posible una adecuada vida en común. Los
gobernantes y no se diga los habitantes
de la ciudad de México y las áreas que ya se le anexaron, todos los días viven
con la zozobra del agua potable, la electricidad, las vías de comunicación, el
destino de la basura y la inseguridad. Todos estos elementos se han
transformado en grandes y graves flagelos de los habitantes de esta extensa región a la cual,
a partir de este año se le conoce con la denominación de “La Megalópolis”. Todo esto transformó a la ciudad de México. Los
lagos se desecaron para hacer crecer los terrenos destinados a zonas urbanas,
con un acelerado cambio en el clima y en la calidad del aire. Los ríos, como el
de la Piedad, como el Mixcoac, son fantasmas que creemos que no existieron
La
temporada de lluvia disminuyó fuertemente y la vegetación de la región debido
al acelerado cambio en el destino de la tierra, así como la casi extinción de
las zonas lacustres o boscosas, que se transformaron en casas, calles, o áreas
industriales y comerciales, arrasaron con todas las bellezas naturales del
Valle de México. Como una especie de escarnio para quienes aún estamos vivos y
presenciamos la grandeza de esta ciudad y sus bellos lagos, han tratado de
conservar una pequeña parte de lo que queda del antiguo Lago de Xochimilco, que
no son sino un par de canales negros, sucios y malolientes, en donde se
amontonan un millar de trajineras, que chocan y se atropellan, tratando de
pasear “por el lago” a ingenuos
turistas.
Pero, todos los problemas
antes mencionados son realmente –no obstante su gravedad-, pequeños, comparados
con otro todavía más grande y que es
mensajero de muerte: La contaminación ambiental, cuya presencia se ha
venido agravando Al grado de que “la
región más transparente del aire” se
ha ganado el nada honroso título de: “La
región más contaminada del país”.
La degeneración del
entorno de esta antiguamente bella región, no ha sido rápida ni mucho menos
espontánea. En su transformación se emplearon aproximadamente cien años. En
efecto, hacía 1920 la ciudad padecía anualmente, al iniciarse la época de
lluvias, una plaga de mosquitos procedentes de los lagos que la rodeaban. Los
grandes genios gubernamentales que
siempre han existido, -para mal de los gobernados-, consideraron que la única
manera de acabar con esa plaga estacional era: ¡Desecando los lagos! Y se
dieron frenéticamente a esa tarea. Así,
rellenaron los lechos de los lagos de Texcoco, Mixquic y Cuautitlán, hasta
hacerlos desaparecer, y el de Xochimilco, hasta casi borrarlo de la faz de la
tierra.
Lógicamente el clima y el entorno
de toda la ciudad sufrieron cambios brutales. Para 1950, la obra de desecación de los lagos ya
estaba consumada y la tierra de sus lechos se transformaron en codiciado botín
para los fraccionadores quiénes,
asociados con los gobernantes corruptos de aquella época, hicieron
grandes fortunas, vendiendo lotes y casas a los nuevos habitantes de la ciudad
capital. Vino a continuación un mal mayor: Entre los meses de marzo y mayo de
cada año –temporada de los vientos-,
cubría a la ciudad de México una espesa capa de polvo, procedente de las
tierras con que rellenaron los lechos de los lagos, produciéndose con ello,
fuertes y largas epidemias de males respiratorios para los habitantes de la
ciudad, que fueron disminuyendo a medida que esos eriales se fueron
transformando en áreas habitacionales. En ese momento hizo su aparición el
temible jinete de la apocalipsis: La
contaminación ambiental.
En efecto, a mediados de
los años setentas y como producto de la desforestación de la ciudad, para cambiar
la vegetación por vías pavimentadas, las zonas arboladas disminuyeron
vertiginosamente, en proporción inversa al aumento de áreas pavimentadas. Fue
la época del inicio de la construcción de los famosos ejes viales, ideados durante
el gobierno del para mí, temible
gobernante de la ciudad, llamado Carlos Hank González. El fue responsable de la
extinción del treinta por ciento de la
vegetación de la ciudad de México, para entregar esas zonas ya desforestadas y
pavimentadas, a los dueños de los vehículos de motor. Ahí nació gran parte del problema: de tres millones de vehículos
que circulaban hacía 1970, ahora circulan diariamente casi DIEZ MILLONES, con
la consiguiente y muy grave contaminación ambiental.
¿Cómo han tratado de
resolver el problema las autoridades de la ciudad de México? Muy fácil: hacía la década de los ochentas
implantaron la “verificación vehicular”, para tratar de comprobar que los
motores de los vehículos con placas del entonces Distrito Federal, se
encontraban en buenas condiciones
mecánicas y que no contaminaban el medio ambiente. Esto no arrojó ningún
beneficio. La contaminación ambiental seguía aumentando cada día. Fue ese el
momento en que los genios de la
política idearon una brillante idea: “Hay que implantar el Programa Hoy no
Circula” y con ello, “resolvemos el problema de la contaminación ambiental en
la ciudad”. Ni tardos ni perezosos, la pusieron en práctica, para sacar
diariamente de la circulación --- –según ellos-, al quince por ciento de los vehículos automotores
propiedad de los particulares. Pero, no a los vehículos del transporte público
(autobuses y taxis), tampoco a los vehículos de transporte o servicios
públicos, como patrullas, carros recolectores de basura y otros transportes
propiedad de las autoridades, ya locales o ya federales, que son los más
contaminanates. En consecuencia, el problema de contaminación del medio
ambiente, ha continuado progresando a pesar de estas medidas, que han resultado ineficaces.
Ahora, en el año 2,016 el monstruo de la contaminación ambiental, ha
asomado al parecer, todo su rostro. Los altos índices de contaminación
continúan a la alza. ¿Qué medidas han
tomado las autoridades? Las únicas que se
saben: ahora han lanzado el doble “Hoy no circula”. Están sacando de la
circulación, al cuarenta por ciento de
los vehículos de propiedad particular, con el consiguiente daño económico a los
residentes de la ciudad de México y toda su zona connurbada, puesto que con
flagrante violación al artículo 11 de la Carta Magna, impiden la libertad de
tránsito, con graves daños a los intereses personales, económicos y familiares
de los gobernados. ¿Hasta dónde llegarán estas medidas? ¿Hasta dónde y hasta
cuándo se vulnerarán los derechos de los gobernados en la llamada Megalópolis? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que este
tipo de medidas, NO SON LA SOLUCIÓN AL GRAVE PROBLEMA DE LA CONTAMINACIÓN
AMBIENTAL.
¡Qué épocas pasadas!,
cuando el romanticismo popular era el receptor de la vida de los capitalinos.
Decía una canción de la Sonora Santanera: “Camino por Narvarte, Polanco y
Coyoacán/ mi anhelo de encontrarte me lleva al Pedregal/ te busco por Guerrero,
la Villa y Tizapán/ por la Colonia Obrera y no te puedo hallar”……. Esto es parte
de la letra de la Canción llamada: “Por las Calles de México”. No cabe duda: Esa ciudad de México, ya no es
la misma. ¡Lástima!

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