lunes, 7 de noviembre de 2016

Remembranzas

MI VIEJO BARRIO UNIVERSITARIO

Por Rogelio Martínez Vera


Recuerdos imborrables y nostálgicos;  de ese tipo son las reacciones que se provocan, cuando acuden a mi mente las mil vivencias que experimenté, cuando fui parte activa del viejo barrio universitario de la ciudad de México.  Ese querido barrio se empezó a gestar a mediados del siglo XIX y tomó forma de manera definitiva, al comienzo del siglo XX. Así permaneció aproximadamente hasta los años cincuenta del siglo pasado, cuando se empezó a desdibujar por el éxodo de varias escuelas y facultades de esa extensa zona universitaria ubicada en el corazón de esa gran capital de la República, con rumbo a su nueva casa: La Ciudad Universitaria, ubicada en San Ángel. 

El barrio abarcaba probablemente unas treinta manzanas, que iban, desde la calle de la Academia y la calle de la Moneda, en donde se ubicaba la Escuela Nacional de Artes Plásticas, hasta  la calle de Tacuba, casi esquina con San Juan de Letrán, en donde estaba asentada la Facultad de Ingeniería en el antiguo Palacio de Minería, un hermoso edificio construido por Manuel Tolsá, el inconmensurable arquitecto y escultor español; y desde La Facultad de Medicina ubicada en la Plaza de Santo Domingo, frente al templo de este mismo nombre, hasta la Calle de San Ildefonso y el Carmen, en donde estaba ubicado el extraordinario edificio colonial de la Escuela Nacional Preparatoria, para cerrarse finalmente en la Calle de Academia y Moneda. En este irregular cuadrángulo fluyó por muchos años la vida universitaria. En el interior de él, se ubicaban: la Facultad de Economía, en la calle de República de Cuba, casi frente al nacimiento de las calles de la Palma las cuáles, corrían desde ese punto en el norte, hasta su confluencia con la calle de Venustiano Carranza en el sur.  Un poco más al oriente, se encontraban: La Facultad de Derecho, en la esquina que aún forman las calles de San Ildefonso y la calle de la República de Argentina, casi frente a la Escuela Nacional Preparatoria.

Dentro de ese mismo Barrio Universitario estaban instaladas: La Facultad de Odontología, en el edificio ubicado en la esquina de las Calles de República de Guatemala y Lic. Verdad y junto a ella, la querida institución llamada Iniciación universitaria, la única escuela con estudios equivalentes a secundaria, perteneciente a la propia Universidad Nacional Autónoma de México.

Fuera del barrio Universitario, estaban instaladas: la Facultad de Filosofía y Letras, con magníficas instalaciones ubicadas en el colonial edificio llamado de “Mascarones” que aún se encuentra en pie, en la Avenida Rivera de San Cosme, cerca del mercado público de este mismo nombre; La Facultad de Medicina Veterinaria funcionaba en un local dotado de partes construidas y amplios patios y corrales para animales que eran estudiados y atendidos por los estudiantes de esta rama del saber humano, y que se encontraba en la Calzada México-Tacuba, muy cerca del local que abrigó al antiguo Colegio Militar. Una Facultad de relativa reciente creación, la de Contaduría Pública, se instaló desde el principio, en la Colonia Juárez, en la calle de Liverpool, casi esquina con Nápoles.

En la calle de Justo Sierra, en la parte de atrás de la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, estaban ubicadas las oficinas superiores de la Universidad. Ahí se encontraba desde luego, la oficina del Rector y los diversos departamentos escolares. Perteneciente al mismo edificio, estaba ubicado el famoso Anfiteatro Bolivar, que fue escenario de numerosos actos oficiales, que sirvió para funciones de teatro y fue escenario de explosivas reuniones estudiantiles. 

En la calle de Licenciado Verdad, enfrente de la Escuela de Iniciación Universitaria, estaban ubicadas los consultorios y oficinas de la Dirección General de los Servicios Médicos de la Universidad y en la esquina de las calles de Justo Sierra y el Carmen, operaba el temible centro  universitario de vacunación contra las enfermedades contagiosas. Ahí ocurríamos todos los estudiantes a que nos aplicaran anualmente una dosis dolorosa de una vacuna llamada tuberculina, y otras, contra la viruela, el tétanos y la tos ferina, que eran enfermedades endémicas de los años cincuenta del siglo pasado.

En este barrio deambulábamos diariamente más de treinta mil universitarios. Sus calles se llenaban de alumnos y maestros que apresuradamente algunas veces, y otras en forma parsimoniosa, como si anduviéramos de paseo, nos confundíamos con los transeúntes. Por esas calles desfilaron en interminables días, Salvador Zubirán, Miguel J. Zevada, Pedro Ramírez Vázquez,  Antonio y Alfonso Caso, Jesús Reyes Heroles, Agustín Yañez, Antonio Castro Leal, Manuel Gómez Morín, María Lavalle Urbina,  Miguel Alemán Valdéz, Antonio Díaz Soto y Gama, Gabino Fraga, Jorge Carpizo, Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo o Antonio Carrillo Flores.

No pueden ser olvidados los maestros Jesús Silva Herzog, fundador de la Facultad de Economía, los eminentes médicos Gustavo Baz, Gilberto Bolaños Cacho o Rafael Baledón Gil, así como los juristas Miguel Macedo, Rafael Rojina Villegas , Ignacio Burgoa.  También los literatos Erasmo Castellanos Quinto, Julio Torri, Andrés Henestrosa, Baltasar Dromundo o Julio Jiménez Rueda, eran asiduos concurrentes a sus clases, ya algunos, primero como alumnos y después,  en su calidad de maestros.

Esos extraordinarios personajes y muchos más, egresaron de las aulas o predicaron sus sabias enseñanzas en los venerables edificios escolares de mi viejo Barrio Universitario.

En el seno de ese añorado barrio, se gestó y culminó la autonomía universitaria, con Alejandro Gómez Arias, Adolfo López Mateos y Francisco Liguori. Ahí, José Vasconcelos dio a conocer al mundo la inmortal frase universitaria: “Por mi raza, hablará el espíritu”.

En el mismo barrio se encontraban tres magníficas bibliotecas públicas, siempre pletóricas de estudiantes que acudían a consultar numerosos libros para estudiar: La Biblioteca Nacional, ubicada en la esquina de Isabel la Católica y Uruguay; la Biblioteca del Congreso de la Unión, instalada en una antigua nave de iglesia, ubicada en la esquina de Tacuba  y Allende y desde luego, la bien surtida biblioteca de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, que se encontraba en la antigua Capilla de la Emperatriz, que se localiza en la parte de atrás del patio principal del Palacio Nacional el cual era entonces,  de libre acceso a todo público.

Existían dentro de la zona marcada para el Barrio Universitario,  otras dos escuelas que no  pertenecían a la Universidad: Una escuela prevocacional, ubicada en la Calle de Guatemala, casi esquina con  el Carmen y otra escuela para secretarias, llamada Miguel Lerdo de Tejada, que estaba precisamente en la esquina de Guatemala y el Carmen.  Los universitarios éramos hostiles con los adolescentes de la prevocacional, porque precisamente pertenecían a la institución que albergaba a nuestros más odiados enemigos deportivos y estudiantiles: El Institutto Politécnico Nacional. Con la escuela para secretarias al contrario, la protegíamos y cuidábamos porque de ahí provenían muchas de nuestras amigas y novias que no acompañaban a las matinées de los cines cercanos.

Gratos recuerdos nos traen a todos los universitarios, la miscelánea  “El Pánuco” frente a la prepa, en donde a media mañana o a media tarde, calmábamos nuestro voraz apetito con una exquisita dona y una coca cola; la refresquería “Acapulco”,  frente a la Facultad de Derecho en San Ildefonso; los llamados “Billares de la prepa”,  ubicados en la calle de Argentina, casi esquina con Justo Sierra; El café de chinos “América”,  en la esquina de San Ildefonso y Argentina, en donde el dueño, un chino joven, delgado y muy paciente, nos vendía, a veces al fiado, un par de huevos revueltos con frijoles, un café con leche y dos piezas de pan,  por la fabulosa suma de UN PESO CON CINCUENTA CENTAVOS.

En el Comedor Universitario, ubicado en las calles de la Academia, los estudiantes universitarios más pobres, tomábamos los tres alimentos, comprando un abono de ¡TREINTA PESOS!, que  nos duraba todo el mes.

¡Qué tiempos aquellos!, en los que soñábamos con nuestro futuro, que  anidábamos amores juveniles y que confiados en el provenir, veíamos cómo los meses y los años transcurrían alegremente, hasta llegar el momento en que casi sin sentirlo, nos volvimos hombres y mujeres de provecho.

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