Los “chilangos”
¿CIUDADANOS DE “PRIMERA
CLASE”?
Rogelio Martínez Vera
Vamos a hablar de una cuestión sociológica. Por largo tiempo
se ha discutido si los habitantes de la ciudad de México son o no, ciudadanos
de primera clase y los del resto del país, son de segunda. Lo
cierto es, que existe esta discusión, tanto en favor como en contra de esta
afirmación.
Para los capitalinos,
los habitantes del interior de la República o de la provincia, como
despectivamente se le llama a toda esa enorme extensión del país, son
ignorantes, incultos, pobres, económicamente hablando y carentes de las
comodidades materiales que es capaz de proporcionar la capital de la República
y su zona connurbada a sus afortunados
residentes. Fuera de México, “todo es
Cuautitlan”, dicen despectivamente los habitantes de la gran ciudad de
México. “Payos”,” indios”, “nacos” o
simplemente “provincianos” eran y
aún son en algunas ocasiones, los calificativos aplicados a las personas
residentes en el interior de la República.
Por el contrario, los habitantes del interior de la
República, se expresaban y expresan
despectivamente de los habitantes de la capital. Simplemente les llaman “chilangos”. Este adjetivo calificativo
se ha repetido tantas veces, que ya los titulares de él, lo ven como un sello
de su propia personalidad y no como una ofensa. Inclusive, se escucha por ahí
(dicho por un capitalino, desde luego), que los provincianos les llaman “chilangos”,
por no decirles “chingones”. ¡Cuanta
presunción y falsedad encierra esta expresión! Ahora comentaré al respecto.
El adjetivo calificativo “chilango”,
aplicado en forma peyorativa a los asentados en el Distrito Federal y su zona
connurbada, no es muy antiguo. Se empezó a aplicar al principio, de manera muy
reducida a finales del siglo XIX y después, a partir de los años sesentas del
siglo pasado, ya de manera muy generalizada, debido a diferentes factores. “chilanga la última”; decían las
muchachas poblanas, cuando se trataba de correr y concentrarse rápidamente en
un sitio determinado. “Haz Patria, mata un chilango”;
así se leía en algunas cartulinas que torpemente se distribuyeron en
Guadalajara, hace algunas decenas de años.
Este vocablo (“chilango”)
proviene de la lengua maya “xillaa”,
que quiere decir: pelo revuelto y
encrespado. Lo empezaron a usar los jarochos,
cuando a fines del siglo XIX y principios del XX, veían que procedentes de la ciudad de México,
llegaban al puerto de Veracruz personas encadenadas para ser internadas en el
Penal de San Juan de Ulúa, que era una cárcel de castigo del Gobierno de
Porfirio Díaz en la cual, casi irremediablemente morían esos infelices.
Llegaban sucios, mal olientes, con andrajos de ropa y con los cabellos revueltos y parados. A estos
pobres sujetos que conducían a pie, encadenados desde la estación del
ferrocarril hasta el penal, les llamaban “chilangos”.
Años más tarde, el calificativo se extendió a todo sujeto proveniente del D.F.,
para referirse a él.
En Mérida, Yucatán, les decían “guachos”, por referencia a la soldadesca que llegó a Mérida en la
época de la Revolución, procedente de la capital de la República. Este
calificativo sin embargo, ha desaparecido para ser sustituido por el vocablo “chilango”, que es nacionalmente muy
representativo.
¿Por qué los habitantes del interior de la Republica
empezaron a distinguir con el mote de “chilangos”
a los residentes del Distrito Federal? A continuación anoto las siguientes
razones.
Hacia 1930, la ciudad de México tenía aproximadamente un
millón de habitantes. Para 1960, esta ciudad y su zona metropolitana, ya
contaba con una población aproximada a los OCHO MILLONES es decir, creció esta
área geográfica a razón de doscientas cincuenta mil personas por año. ¿Cuáles
fueron las razones de ello? La inmigración. A partir de ese momento, se hizo
una dramática división de estilos de vida, de costumbres y hasta de ideas,
entre los “chilangos” y los “provincianos”.
En el interior de la Republica efectivamente, después de la
etapa revolucionaria, había muchas carencias de empleo, de estudio y de
estabilidad económica. Los caciques regionales y la inseguridad, asolaban sobre
todo, a las familias más pobres, la cuáles se empezaron a concentrar en la
ciudad de México, en busca de oportunidades y de una mejor calidad de vida que
muchas veces, empeoró, pero ya no regresaron a sus pueblos y ciudades.
Prefirieron hacer esfuerzos y pasar carencias, antes de regresar a su tierra y
soportar la burla de sus coterráneos (ver la película “El Milusos”, con Héctor Suarez).
Cuando esos “nuevos” capitalinos iban a su pueblo o ciudad
natal a visitar a sus familiares o amistades, presumían de “su nueva tierra”. Hacían gala de logros que, en la mayoría de los
casos eran inexistentes.
Los nuevos capitalinos-provincianos, llegaban a sus pueblos y
ciudades de origen, y mencionaban con estridencia, los inexistentes o relativos
éxitos de su vida “civilizada” y “boyante” en la ciudad de México; hacían gala de que conocían el Palacio
Nacional, el Palacio de las Bellas Artes o Chapultepec y que se codeaban con todos los grandes
políticos, artistas y deportistas famosos. Pocas cosas de estas eran ciertas
porque la verdad, es que muchos de ellos jamás entraron a visitar el Palacio Nacional,
ni habían acudido a presenciar algún evento en Bellas Artes, y en cuanto a
Chapultepec, sólo habían acudido a ensuciar este hermoso parque, pero no
conocían el Museo de Historia ubicado en el Castillo o el Museo de Antropología
ni mucho menos el conjunto de sus hermosas piezas que ahí se exhiben. También
era falso que fueran conocidos de políticos o artistas famosos.
A esos provincianos renegados les fue aplicado
inicialmente el adjetivo calificativo de “chilangos”
como forma de burla hacía, aquellos que siendo igual que sus coterráneos se
consideraban, después de un tiempo de residencia en la ciudad de México, como
entes superiores. Este mote se extendió
tiempo después, a todos los demás habitantes de la ciudad capital sin distinción
de origen, porque en alguna forma mostraban cierto dejo de suficiencia en su trato hacía a una persona del interior
del país sobre todo, si ésta era de condición humilde.
Esta migración de diversos lugares de la República hacía la
ciudad de México, ya se detuvo y ahora es al revés: muchos defeños han marchado a alguna
ciudad o población de nuestra nación y lo han tomado como su lugar de
residencia, viviendo una etapa que sin duda, ha sido la mejor de su vida. Eso
empezó a suceder, después del sismo de 1985. Eso es un indicio innegable de que
a la fecha, la ciudad de México no es el mejor lugar para vivir. La prueba es que, desde hace treinta
años aproximadamente, por causa de la migración, numerosas ciudades del país
han incrementado espectacularmente el número de sus habitantes, en tanto que el
Distrito Federal y su zona metropolitana, han mantenido un crecimiento modesto.
Ahora, a inicios del siglo XXI, la brecha entre la ciudad de
México y las principales capitales del interior del país, se ha cerrado
espectacularmente. Ya no hay grandes diferencias entre la ciudad de México y
Guadalajara, Monterrey y Puebla, puesto que esas ciudades han incrementado sus
áreas de oportunidad, debido a grandes mejoras urbanas y por el desarrollo de
sus zonas industriales, comerciales y de servicios, así como han mejorado
notablemente su actividad cultural. Estas
ciudades tienen inclusive, algunas ventajas políticas sobre el Distrito
Federal. Por ejemplo: ¡No las gobierna (con perfiles de una permanente
dictadura), ni el PRD ni Morena!, partidos dizque de izquierda pero igual de
inmorales. Ya hartos de esta voracidad de los políticos, en el interior de la
República concretamente, en el estado de Nuevo León existe un candidato independiente que fue
constitucionalmente electo por una aplastante mayoría de ciudadanos. ¿Cuándo
habrá algo así en el Distrito Federal?
La ciudad de México
cuenta con algunas ventajas, producto del centralismo. Es el asiento político o
administrativo de instituciones públicas federales. La ciudad de México es la
más subsidiada de todo el país, y de ahí sus grandes recursos presupuestales. Por
virtud de que el Gobierno Federal tiene ahí el asiento de sus Poderes, realiza
fuertes y costosas inversiones en materia de infraestructura pero ese, no es un
mérito de las autoridades de la ciudad de México..
Queda aún mucho de la Ciudad
de los Palacios que describió Humboldt, o de la Región más Transparente del Aire, como la llamó la Marquesa
Calderón de la Barca. Es el lugar de residencia de la Virgen de Guadalupe o el
asiento del ilustre Colegio de San Ildefonso, de los grandes murales de Rivera,
Orozco o Siqueiros o de la Diana Cazadora. Los monumentos precortesianos y
coloniales son numerosos. Fue el lugar en donde se fundó el antiguo
México-Tenoxtitlan que deslumbró al propio Hernán Cortés. “Mientras
el mundo exista, permanecerá la gloria de México-Tenoxtitlan”, dice una
hermosa frase, tomada de un Códice precortesiano y que está labrada al pie de
una muy bella fuente con la escultura importantes personajes aztecas, en una
explanada que se ubica frente al edificio de la Suprema Corte de Justicia.
Las ciudades y aún los pueblos de nuestra extensa República,
cuentan también con numerosas obras arquitectónicas, tanto precortesianas, como
coloniales y desde luego modernas. Sus áreas industriales y comerciales así
como su actividad cultural son muy importantes; sus universidades están al
nivel de la mejores del país y en general su clima, sus bellezas naturales y
una buena calidad de vida, han motivado
que numerosos capitalinos salgan gustosos de esa complicada urbe de la ciudad
de México.
En conclusión: ¿Qué lugar del país es mejor para hacer tu
vida: La ciudad de México o alguna ciudad o pueblo del interior de la
República? Esos espacios geográficos
ofrecen grandes áreas de oportunidad a todos. Tú tienes la palabra, y…..no des
mucha relevancia si te llaman “chilango”
o “provinciano”. En ambos casos,
hablará la voz de la envidia.
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